
Jean Paul Gaultier (Arcuel, 1952) y su marca, Jean Paul Gaultier, es probablemente uno de los últimos grandes iconos salidos de Francia y una de las figuras más relevantes de la moda de este siglo y del anterior. Este diseñador, eternamente joven y eternamente rubio oxigenado, nació y se crió en el barrio de Arcueil, en las afueras de París. Entró a trabajar en Pierre Cardin con tan sólo 18 años y, desde entonces, su trayectoria ha sido imparable.
Tras una estancia en Filipinas, de vuelta a París, en 1976, Gaultier presentó su primera colección, una especie de atentado contra el consabido buen gusto francés. “La verdad es que mi primer desfile no era muy bueno, pero me sirvió para dar el salto”, asegura él. No habría que esperar mucho para verle triunfar. Su quinto desfile ya fue un auténtico éxito.
Sus creaciones entre kitsch y marginales -una mezcla infinita de referencias- le valieron el calificativo de enfant terrible. En 1997 abrió su casa de Alta Costura y con ella llegarían la legitimidad y el reconocimiento. Un reconocimiento que provocó que pocos años después fuera elegido para el cargo de director creativo en Hermès.
Provocador e iconoclasta, debutó en el diseño de moda masculina con una colección en la que se saltaba a la torera las convenciones de género introduciendo faldas y corsés en el armario masculino. Con un taller en la Rue Saint Marton de la Ciudad de la Luz en el que emplea a más de 100 personas, algunos de sus diseños resultan indisociables de la cultura española, sobre todo sus trabajos con Almodóvar. “Almodóvar es la vida, el entusiasmo, el drama, la tragedia. Recuerdo el fitting de Kika como uno de los más duros de mi vida. Es un genio y en Francia se le admira muchísimo”.
